Macondo o La Argentina desesperada

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Así comienza la obra cumbre de la literatura latinoamericana, y uno de los libros más trascendentales de la Historia de los libros. Un compendio maravilloso de fábulas y realidades superpuestas, atravesadas, hilvanado por la irrepetible pluma de García Márquez.

Muchos años después de que Gabo redactara aquellas adoradas páginas, frente a legisladores y legisladoras, en Argentina, el Presidente Mauricio Macri había de dar un importante discurso donde recrearía un país imaginario que hubiera sido la envidia del inventor de Macondo, quien parecía ser motivo de un homenaje impensado.

“Creció la economía, bajó la inflación, aumentaron la inversión y las exportaciones, bajó la pobreza y creamos 700 mil puestos de trabajo”, dijo, haciendo uso de un realismo que más que mágico resulta mentiroso. De hecho, de realismo no tiene nada, porque la inflación del año pasado fue del 48%. Desde que él gobierna cerraron más de 11 mil Pymes, hubo cientos de miles de despidos y no se generaron nuevas fuentes de empleo, porque no hubo inversión privada ni pública, y las políticas oficiales no pudieron o no quisieron ser solución a la desvalorización del salario y al empobrecimiento implacable que expulsó del sistema a miles de familias y las llevó a la marginalidad y la intemperie.

“Y después de mucho trabajo y de un proceso de cambio cultural estamos entendiendo que la energía vale”, tartamudeó Macri. Y se ve que en ese mágico sitio del que nos habla, los aumentos brutales de luz y gas no se tragan casi todos los ingresos, seguro que ahí los jubilados no deben dejar de comer para pagar los impuestos. Es más, allí, en esa tierra de ensueño, no gobierna el cinismo y la hipocresía, y el cambio cultural no se traduce en violencia entre pares, en aplausos al gatillo fácil de las calles. No como aquí, donde lo que aprendimos en verdad es que el presidente tiene amigos que son dueños de empresas energéticas a los que les permite hacer lo que quieran, los habilita a realizar gigantes transferencias de recursos, a costa de la vida de miles de argentinos y argentinas, recursos que luego, esos amiguitos, fugan al exterior.

“En los medios hay pluralidad de voces. Y este es un gobierno que trabaja en base al diálogo”, leyó por ahí. En ese lugar mágico los medios opositores no cierran, a los fotógrafos no los reprimen y encarcelan por capturar lo que sucede con sus herramientas de trabajo, ahí no se censura a canales de TV en las grillas del cable. Los palos y las balas de goma no caen como lluvia miserable sobre quienes reclaman nuevas debacles laborales. Allí, seguro, la Gendarmería no desapareció a ningún joven de barba, y no montaron un operativo de miedo para cubrirlo. En el país que describe Mauricio Macri no gobierna Cambiemos.

Con algunos gritos y frases que de tan ensayadas chorrean impostura, el Jefe de Estado aclara: “Tomamos la decisión de hacer lo que ninguna generación se animó a hacer”, y otra vez miente, porque hubo otras generaciones que se animaron a destruir el país, a desaparecer ciudadanos, a endeudarse con el FMI, a rendir la soberanía al imperio, a ajustar a los sectores más empobrecidos, a gobernar aliados a conglomerados mediáticos, a hacer de la violencia institucional una herramienta de control social. No son ni honestos ni originales.

Lo único que dijo que se acercó a la realidad fue una verdad irrefutable: está allí porque lo votaron las y los argentinos. Pero no habló de la estafa electoral que lo tiene de protagonista, junto a María Eugenia Vidal: la mentira como mayor estrategia comunicacional, la infamia, la falacia. Faltaron a cada promesa de campaña, nos robaron derechos conquistados, nos endeudaron de por vida. Transformaron a la política, que es la mejor herramienta que tenemos para mejorarle la calidad de vida a quienes peor la pasan, en un artilugio desvalido, al servicio de los más poderosos y sus causas siempre injustas.

Ojalá el final de tan fantástico relato podamos escribirlo quienes no vivimos en ese paisito de cuento, sino quienes estamos en esta Argentina desesperada, empobrecida, triste y angustiada.

Porque al final a los habitantes de Macondo no les iba muy bien que digamos, la magia no alcanzó para salvarlos. Allí llovió durante cuatro años once meses y dos días. Trabajemos para que aquí la tormenta no dure un minuto más que cuatro años, barrida por el viento fuerte de los votos. Ojalá el odio desparramado no sea más fuerte que la única verdad que es la realidad. Ojalá la Patria se los demande en serio y los condenados por el pueblo no tengan segundas oportunidades en estas tierras.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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