Niñas ofrecidas a los monstruos

En el editorial de este viernes del diario La Nación: “Niñas madres con mayúscula”, hacen apología a la pedofilia, a la violación de niñas y reniegan de la legislación vigente desde 1921. No contentos con ésto, además, instan a torturar a las niñas embarazadas producto de esos abusos, obligándolas a parir. Niñas oprimidas desde sus primeras infancias, explotadas, anuladas, olvidadas.

Lo que sucedió en Jujuy, donde le practicaron una cesárea a una nena violada que fue a buscar un aborto que le correspondía por ley, parece que ha hecho creer a algunos editorialistas que pueden escupir ese veneno inquisidor disfrazado de análisis social, naturalizando ultrajes sexuales a nenas, queriendo hacernos “reflexionar sobre lo que es natural en la mujer, lo que le viene de su instinto de madre, lo que le nace de sus ovarios casi infantiles”. No. Esta desgracia narrativa, plagada de lugares comunes que hace retumbar los tambores a lo lejos, en la oscuridad de un medioevo que parece haberse reinstalado, quiere naturalizar la maternidad como único destino para la mujer, aunque niña. Otra vez, no: la maternidad es un deseo, una elección, una voluntad, no una imposición fisiológica. Quiere que entendamos ese “instinto” como algo primitivo, insoslayable, inseparable, que debe aceptarse y asimilarse ipso facto y acunarse en esos “ovarios casi infantiles” -ahí suenan más fuerte esos tambores en la noche patriarcal-, y albergar allí el producto inextinguible que la historia de la humanidad ya juzgó que nacerá entre infantiles piernas en nueves meses o morirán en el intento. Pum. Pum. Pum, retumba entre la niebla.

Un ritual. Un sacrificio: una niña ofrecida a los monstruos. Esto es la cultura de la violación: el patriarcado arrastrando niñas a sus fauces. Masticando nenas violentadas hasta el hartazgo, digiriendo con eficacia una mole de hipocresía descomunal, para luego escupir al mundo bebés y bebas que luego ni siquiera serán merecedores de una mirada de soslayo, cuando en el futuro próximo los vean por las calles pidiendo comida. Porque siempre son los sectores mas vulnerados de la sociedad quienes más sufren estas opresiones. Mujeres a las que les negaron desde siempre su derecho a la educación sexual, para decidir. Mujeres que nunca tuvieron acceso a métodos de anticoncepción, para vivir vidas sexuales plenas y poder decidir sobre su cuerpo. Mujeres que mueren por abortos clandestinos, o llegan a parir en la pobreza extrema, sumando otras bocas a las que ya no podían alimentar. Resulta hipócrita negar que es en esos sectores donde la opresión resulta más agobiante, más constante y extrema.

Son esas las niñas y las mujeres sometidas a ese ritual obsceno: “Admiración hacia las niñas madres, madrazas por cierto”, escriben en el editorial. Y los tambores nos aturden, así como la oscuridad en la que quieren hundirnos. Me corrijo: en la que quieren mantenernos. Un mandato machista mal disimulado, porque una niña embarazada no es más ni menos que una niña violada. No hay deseo, no hay “instinto maternal” activado a los 10 años por obra y gracia de un abuso sexual.

“Los pañuelos verdes de quienes no han aceptado la derrota legislativa siguen agitándose”, empieza la infame nota, que aun no sé quién escribió. Una lástima el anonimato cómodo, porque me gustaría poder decirle a esa o ese escriba de pluma cruel y misógina, que esos pañuelos y quienes los portamos no estamos acostumbradas a bajar nuestras banderas, aun en la derrota. No abandonamos nuestras luchas porque esas son nuestras convicciones y no tenemos otras. Ni queremos tenerlas. Quizá quien redacta editoriales exhortando a violentar criaturas, como algunas veces editorializaron exhortando volver a la dictadura, sea de cambiar camisetas según la temperatura, quizá tenga la costumbre de virar con el viento, como veleta en el techo. Nosotras no. Y no es porque no aceptemos “la derrota legislativa”, qué simpleza, otra infamia. Lo que no aceptaremos jamás es que sigan muriendo niñas, jóvenes y mujeres en la clandestinidad, con las tripas desgarradas por la hipocresía, los prejuicios y toda la carretilla de mierda que tienen en la cabeza las personas que creen que pueden arrebatarle la libertad, la inocencia, el cuerpo y el futuro a una nena. Ni aceptaremos que las obliguen a parir, contando un versito muy perverso, que hasta para el fascismo tradicional de ese diario resulta demasiado.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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