Bang, bang, estás muerto

“A los que se enojan conmigo por mi posición en seguridad les digo, el día que maten a un hijo solo por tener pelo largo o ser morocho se van a acordar de mí”, dijo Elisa Carrió, peleándose por las redes sociales con la decisión de la Ministra Patricia Bullrich de autorizar a las fuerzas de seguridad el uso de armas de fuego. Pasa que Santiago Maldonado era hijo nuestro, lo mismo que el otro pibe de pelo largo: Rafael Nahuel. También era hijo nuestro -y morocho- Facundo Ferreira, cuando una bala policial le reventó la cabeza a los 11 años. No eran sus hijos, no eran suyos. Eran nuestros, como siempre. Ni tampoco lo era Claudio Adrián Sánchez, cuando murió por un tiro en el cuello disparado por un policía que lo creyó ladrón.

Hasta por la espalda y sin tener que dar la voz de alto, autoriza Bullrich. Claro. Carrió siente cómo se le van mojando los tacos en la cubierta, el agua ha ocupado todo lo que está debajo de ella. El naufragio es tan obvio como inevitable, entonces Carrió, gran nadadora de traiciones a mar abierto, se roba todo el aire a su alrededor en los pulmones y salta.

Al fin una predicción que pega, porque hace un par de días, en la macrista provincia de Córdoba, un hombre murió de un disparo en la frente. Otra bala policial. El hombre asesinado estaba robando cables, según el informe oficial. Vamos a escribirlo de nuevo, para buscar perspectiva: por robar unos cables. Un tiro en la cabeza, un tiro en la pobreza.

¿No les hace daño que nos gobiernen estos tipos? ¿No les produce un vacío en el pecho, un dolor en todo el cuerpo? Porque hay algo que nos carcome desde adentro, un óxido que responde a todo este desprecio: nos corroe el cinismo de estos perversos.

Nos estamos pudriendo. Al sol y a la sombra, el frío no detuvo el proceso. Mientras nos mienten que ascendemos en cuerpo y alma por efecto de revoluciones e inversiones que no vendrán, será sólo nuestro olor a muerto lo que llegará al cielo. ¿Tirar a matar? ¿El odio por el otro es tan inmenso que los votantes de Macri avalarán ésto? Carrió ya se dio cuenta y se despega. Se enjabona toda y trata de pasar entre las rejas del rencor que construyó. Pero ahí se queda atorada. Ya es tarde para eso. Este barco ya se hundió y la fuerza del desastre la arrastra. Abajo. Lejos. Porque por estas horas la Gendarmería reprime dentro de una Universidad Nacional, por ejemplo. No hay límite, el humo y los gases ocultan cualquier horizonte.

¿No sienten el desgarro? ¿No sienten el calor de la propia sangre brotando desde la conciencia? ¿No los baña la indignación, la desesperanza? Por momentos nos ahogamos, porque ya pasaron todos los segundos y minutos que los pulmones resisten bajo presión, nos tapa la basura y no se puede respirar. Y en la bocanada que irrumpe, por reflejo y supervivencia, tragamos tanto aire como mierda. Porque están por todas partes, porque destruyeron casi todo. Porque promovieron el odio que invadió, como la peste, cada rincón y cada esquina, que se metió hasta debajo de las uñas.

La pena de muerte ya existe, de facto, como tantas otras miserias. La represión es la herramienta de control, el miedo es el instrumento de dominación. No seamos un pueblo dormido que aguarda, pasivo, su aniquilación. Sabemos que darle un cheque en blanco a las fuerzas represivas es una no muy sutil invitación a quedarnos en nuestras casas, mientras nos hambrean. No les vamos a regalar la tranquilidad de entregarles hasta la última gota de nuestra libertad. Porque también sabemos organizarnos, y cada vez aprenderemos mejor a cuidarnos, porque la calle es nuestra, los genocidas en la cárcel son la más reciente prueba.

Y terminemos con los eufemismos, que nunca fue Revolución de la Alegría: es el Saqueo del Siglo, es la instalación del fascismo. Y no es gatillo fácil cuando la orden parte del gobierno, es un asunto mucho más complicado: es Terrorismo de Estado.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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