Un mundo chiquito

Este mundo cada vez es más chiquito, ¿has visto? Gobernado por gente chiquita, con mentes chiquitas, que quiere un mundo chiquito, para ellos solos. Un mundo sin colores, sin voces disidentes, sin fraternidad, donde puedan mirar desde arriba, y si alguna cabeza se levanta, aplastar.

¿No sentís cómo se achica el mundo? Cada vez que triunfa el totalitarismo -mediante los votos o las botas-, todo se encoge, a veces de miedo, otras veces a los golpes: las tiranías saben cómo amoldar las sociedades a sus antojos y necesidades. De eso se trata el fascismo, de eso se trata este virage suicida hacia la derecha. El pueblo eligiendo sus propios sicarios es una crueldad extra, que se suma al saqueo de nuestros recursos, a la eliminación de nuestras industrias nacionales, al aumento extraordinario de las arcas de los que más tienen en detrimento de las nuestras. El pueblo votando racistas, misóginos, homofóbicos, violentos de toda calaña. El pueblo pagando con sudor y sangre la bala que lo mata.

Porque el fascismo avanza en Latinoamérica con pies de odio: donde pisa, mata. Porque el odio consume, destruye, arrasa. Hace del inmenso mundo, eso, un lugar chiquito. Donde millones y millones no vamos a caber.

La derecha le encontró la vuelta a la democracia que supimos conquistar muy a pesar de ellos, hicieron de la tolerancia declamada la cuna donde empezar a germinar el despotismo. Y ahora están ahí, pletóricos. Arengando los corazones rencorosos, incentibando la desconfianza en el otro, estigmatizando minorías, azuzando las llamas de la barbarie. Pobres contra pobres, mientras ellos, la elite poderosa, ataca las instituciones, vacía el Estado, destruye la educación, hace de la salud y el trabajo un privilegio y nos sumerge en la miseria por generaciones.

No cabemos en este mundo que proponen los Bolsonaro. Es que no hay lugar ni para la mayoría de los que lo votaron. Porque la derrota ha sido cultural, porque ésa era y es la batalla. Y perdimos, seguro, porque los que festejan son quienes creen que son dueños de las vidas de los otros, festejan los que creen que estás enferma si te enamorás de alguien de tu mismo sexo. Están alegres quienes discriminan a las personas por el color de su piel, están exultantes los que ven a los sectores más vulnerados como enemigos a exterminar. Porque festejan los que mataron a Marielle Franco por mujer, por negra, por lesbiana, por luchadora, por pueblo.

Claro que nos quieren tristes, desunidos. Derrotados, fuera de su mundo chiquito. Por eso nos golpean, nos hambrean, nos humillan, nos violentan, nos matan. Entonces me pregunto, con una congoja que quiero transformar en fuerza: ¿cuánta sangre hará falta para ahogar tanto fascismo? Me pregunto esto en mi propio país arrasado por el odio, donde también cambiamos futuro por pasado. Me pregunto esto con una pena que atenaza la garganta, una tristeza que quiero transformar en lucha. Porque no hay margen de duda, no hay espacio para vacilaciones, no podemos ceder ante ellos. No está permitido retroceder. Resistir es la tarea. Y no tengo opción, o, mejor dicho, no la quiero: dijimos hasta la Victoria, siempre. Y, como dice el poeta, hoy es siempre, todavía.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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