Será Ley

Venimos de la trastienda de la Historia, del rincón oscuro del pasado, de la invisibilidad del desprecio, arrastrando milenios de explotación y abuso. Atravesamos desnudas el hielo del peor de los silencios, el impuesto por el otro. Caminamos descalzas en el fuego de la ignorancia, que destruye generaciones, señala con el dedo y se escuda en una serpiente y en alguna manzana. Venimos de la hoguera que ha consumido oportunidades y derechos, que ha anulado voluntades y deseos.

No hay dolor que no nos conozca, no hay herida que no haya atravesado nuestros cuerpos. Transparentes como vidrios, mimetizadas con el fondo, parte del decorado. Obligadas a sostener el mundo en vilo sobre nuestras cabezas, pese lo que pese, porque nos mintieron que era nuestro ese mundo. Nos criaron para eso. Nos regaron desde cero con la debilidad que no tenemos, nos dijeron que nuestro fin era asistir a la vida de los otros, parir con dolor, dar la teta, la sangre, alimentar. Alimentar y aguantar, no quejarse, bajar la cabeza.

Nos relegaron al rol de patio trasero, nos transformaron en la maquinaria de la reproducción, más allá del agotamiento, queriendo siempre transformar en culpa y error cualquier vestigio de ganas o anhelo. Nos trataron como cosas porque nos pensaron como cosas. Porque las cosas son inanimadas. Las cosas no sienten, no piensan, no sueñan. Las cosas funcionan manejadas por otros. Las cosas.

Escribieron los libros con el preciso cuidado de no agregarnos a las páginas, nos privaron de la memoria, de la lucha y la vida de las otras. Nos ocultaron para justificar sus privilegios. Acomodaron el lenguaje a su antojo: volvieron insulto lo femenino, lo usaron para degradar, encontrando en la burla otra herramienta de dominación.

En la agresión se recostaron por centurias, todavía nos oprimen las mismas garras. Una piña en la cara, palabras como cuchillas, subyugarnos en la economía. La manipulación permanente, la violencia eterna de decidir por nosotras. Por nuestros cuerpos. Como envases. Como cuencos. Como recipientes llenos o vacíos por la voluntad del otro. Bolsas de residuos, bolsas de boxeo. El horror supremo de hacernos vivir con miedo.

En la calle. A la noche. Al hombre. Lo oscuro. Lo que tenemos puesto. A la hora que salimos, a la hora que volvemos, si es que volvemos. El taxi que tomamos, el mensaje que respondemos. Con qué ojos hacemos contacto, porque nos enseñaron que es mejor mirar el suelo.

Hoy, todavía, nuestros cuerpos son territorio en discusión. Por haber nacido mujeres debemos someter a juicio nuestras elecciones. La sociedad demanda con histeria que pasemos nuestras vidas por el tamiz de la hipocresía que gobierna, para poder decirnos qué hacer, cómo y con quién. Es tan grande la farsa que si nos secuestran, nos violan y nos matan, ni siquiera nos alcanzan la etiqueta de víctima, porque hay que ver qué hicimos nosotras para que nos pasara eso. Eso que, en realidad, nos hizo el otro. Ese otro que es un símbolo del desprecio, del abuso, de la violencia. Ese otro que es machismo en estado puro. Y el machismo, que es el Patriarcado en ejercicio, mata.

Hasta hubo que ponerle nombre a esa forma de asesinato: femicidio. Nos matan por ser mujeres. Y nos descartan como cosas, claro. Porque eso les enseñaron que somos, y ellos aprendieron. En bolsas de basura, en un descampado semidesnudas. Descuartizadas en la ruta, incendiadas, apuñaladas. Porque si te piensan como a una cosa, te creen propiedad. Y si desafiamos la autoridad patriarcal ponemos en riesgo la vida: porque muchos te quieren para ellos, o para una tumba fría.

No les gusta oírnos gritar, enfrentar el sistema que oprime hasta la asfixia. Padecen de incomodidades supremas si una teta al aire, un día. En realidad el enojo que les provoca nuestra libertad es temor. Cuando cuestionamos lo instaurado se violentan, se amedrentan. Nos descalifican para evitar que nos organicemos.

Sostenemos que la maternidad debe ir acompañada del deseo, y se horrorizan ante la sola idea de que no queramos eso. Nos prefieren en la cárcel o muertas antes que decidiendo con libertad irrestricta sobre nuestros cuerpos. Las mujeres abortamos siempre, donde se pose el ojo a lo largo de la historia verán mujeres teniendo que pasar por eso. Lo que cambia, según la clase social, son las condiciones por las que se atraviesa ese proceso siempre doloroso y traumático, siempre último recurso.

Las mujeres pobres mueren desgarradas, infectadas, mutiladas por abortos clandestinos. Porque siempre hemos estado en esa trastienda, en ese rincón oscuro, invisibilizadas por el desprecio y la ignorancia, a menos que sobrevivamos a esa experiencia terrorífica y horrenda, entonces la Justicia, la política, la sociedad toda nos premia con la cárcel.

Y decimos que no, ya no más. No queremos que mueran más mujeres por abortos clandestinos. Queremos educación sexual desde niñas para saber, para entender, para poder decidir por nosotras. Queremos anticonceptivos variados e ilimitados para no tener que atravesar la tortura de un aborto. Queremos condiciones sanitarias dignas y seguras, garantizadas por el Estado, si es que llegamos a tener que tomar esa decisión. Y queremos, claro, que se acepten nuestras voluntades sin señalar con el dedo, sin cuestionar, sin invocar dioses que nunca están en estos detalles. Y que todo eso sea legal y gratuito. Porque es inequitativo al extremo, porque vamos a seguir luchando hasta lograrlo, porque todo cambió, a partir de ahora nada será lo mismo.

Estamos unidas. Estamos hermanadas. Ya no estaremos nunca más solas. Somos una ola que arrasa, que cuando parece que retrocede, sólo está tomando fuerzas para envestir de nuevo. Somos el sismo que está haciendo crujir todo, desde los cimientos. No vamos a pedir perdón por querernos vivas. No vamos a pedir permiso para ser lo que queramos ser. Porque este empoderamiento no tiene retorno, por nosotras, por las que ya no están, por las que vienen.

Y esa violencia, ese temor visceral a nuestra libertad no nos calla, no nos para. Porque venimos por sus privilegios, porque ésos son los derechos que nos faltan. Porque vamos a derribar el miedo de este mundo podrido a la mujer sin miedo. Porque esto es una revolución. Es feminista. Y va a vencer.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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