Todo pasa, nos destruye, y se va

La inminencia de un desastre agita los días con las ráfagas poderosas de un dólar que desborda al gobierno y desnuda su incapacidad para estabilizar la economía.

Cuando recién asumieron, teníamos que confiar en el Cambio, en el líder benéfico de ojos azules que era rico, por eso no iba a venir a robar, y en el mejor equipo de los últimos 50 años, que, finalmente, rompió cuanto tocó. Nadie nos dijo por qué había que confiar en un rico, mientras hacían gala de un concepto que iba en detrimento del pobre. Supongo que a algunos el anhelo de formar parte de otros círculos les hace olvidar de dónde vienen. En fin, ahora hay que confiar en los bonos que emiten con locura y un pacto con el FMI, que, dicen, no es más aquella entidad cruel e inhumana de los ’90, y ahora, el Fondo Monetario es justo, bueno y generoso con los países en desarrollo: le piden esfuerzos sobrecogedores a nuestra imaginación. Quieren imponer la idea de que la brutal escalada del dólar fue un cimbronazo pasajero que lograron controlar, otra vez nos piden que les creamos, cuando sabemos que, si la gente está pasando hambre, el cimbronazo verdadero está por venir. Si dentro de unos meses nos piden que hagamos oídos sordos al estruendo que hará este gobierno de chetos al caer, no les hagamos caso.

Parece que los funcionarios de Cambiemos han estado siempre tan lejos de preocuparse por poner pan sobre la mesa que no entienden que cuando no se puede pagar, no se puede pagar. Están llevando todo a extremos irremontables tan rápido que de verdad parecería que creen que aguantamos mucho, muchísimo más que esto. Y hasta que lo merecemos. Que somos una bolsa de arena, y que los golpes nos mueven un poco de nuestro eje y nada más. Pero no, nuestra carne magullada ya no resiste más ensañamiento.

Hace unos días, sin aviso, Edenor, (empresa de energía que el primo hermano de Macri, Calcaterra, vendió el año pasado a Marcelo Mindlin, dueño de Edesur), decidió cortarle la luz y retirarle el medidor a una anciana de la localidad de San Miguel, luego de que su última factura llegara reclamando más de 26 mil pesos. Quizá viste el video que circuló por las redes sociales o leíste los datos en algún portal. La señora mayor cumplía 90 años ese día: una larga vida para llegar a esa edad y tener que sufrir el ajuste, el recorte de las jubilaciones, la quita de prestaciones médicas como los remedios, los tarifazos impagables. Y nos detenemos en esta injusticia porque es abrumadora. Está tan pero tan mal, que nos desespera la pena inmensa de esa anciana que pierde derechos frente a nuestros ojos, sin que podamos modificar su realidad inmediata.

Nos han fajado tanto en tan poco tiempo que sólo nos mueve el amperímetro lo más brutal, lo más violento, lo más obvio y siniestro. Este hecho, esos 26 mil pesos absurdos e imposibles, esa señora de 90 años, conmueve hasta la lágrima. Nos enteramos, nos indignamos. Pero, ¿tenemos idea, acaso, de las realidades mínimas y domésticas que estallan bajo el techo de cada casa y no llegan a los medios? De esos sufrimientos que se han hecho tan comunes, tan promedio, que se repiten hasta el hartazgo. No tenemos idea de los padecimientos de las y los jubilados que cobran la mínima y no les alcanza ni para comer y tienen que optar por qué remedio comprar. De los miles de desocupados recientes, de las y los pibes que se quedaron sin la ayuda del Progresar, sin Conectar Igualdad, sin escuelas rurales, sin secundarios nocturnos. De los presos políticos, de los pibes asesinados por la espalda con la venia de este gobierno hipócrita y autoritario.

Todo pasa, nos destruye, y se va. Quedamos acá, con la falsa ilusión de que alguna magia ajena restituirá derechos, curará heridas, llenará la heladera, resucitará a los muertos. Porque naturalizamos las violencias cotidianas y los abusos diarios, por supervivencia. Porque todavía aguantamos un poquito más. Y hasta porque no me pasó a mí, qué pena la señora, pero no me pasó a mí. Todavía tengo luz.

Error. Sobrevivir no es vivir. Cuando alguien sufre, cuando a alguien le quitan un derecho, cada vez que vemos una injusticia, tiene que partirnos en dos. Porque si empezamos a mirar para el costado, quizá, el paisaje mejore de momento. Pero habremos fracasado en todo lo importante. Le habremos fallado al otro. Y ahora, con los tiempos aun más difíciles que vienen, amar al otro es urgente.

Elijamos no buscar con la vista el paisaje cómodo. Que la realidad pinche hasta doler lo suficiente, hasta que ya no sea opción quedarnos sentados, viendo cómo, de a poco, nos matan por separado.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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