Que florezcan mil Lulas

No les gusta cuando un pobre se declara en desacato contra la miseria. No soportan cuando un pobre no se arrodilla, aunque la bota pese como montañas sobre sus hombros. Detestan que los pobres se organicen. Cuando un pobre empieza a hablar de derechos, reclama y pide justicia, lo castigan. No les gusta que los pobres aprendan, porque después los pobres tienen preguntas. Cuestionan lo instaurado.

Aborrecen que un pobre se salga de su lugar, consideran ese hecho como una anomalía histórica. Porque la historia la escriben ellos, los que nunca fueron pobres, o ya olvidaron cómo serlo. Y quieren a los pobres bien lejos, en otra clase, que esté muy por debajo de la media. Bien sumergidos ahí, tapados con mierda.

Pero el escándalo, cada tanto, sucede. Un pobre que no sabe ubicarse. Un pobre que reniega del sitio que la elite acostumbrada a gobernar le dio desde siempre y para siempre: cada tanto un hijo o hija de las barriadas, un heredero de la tierra, un representante de los humildes de toda humildad, logra asomar la cabeza. Y grita. Grita tan fuerte que otros, de ahí abajo, lo escuchan. Y empiezan a seguirlo. Y ese pobre grita porque tiene hambre, porque tiene frío. Ese pobre grita porque está cansado de ser el barro en el que se amasan todas las privaciones y todas las injusticias. Ese pobre grita con la voz de los que no pueden gritar, porque la desigualdad que hace que ese pobre se levante, ya los dejó mudos hace tiempo. Y no pudieron ponerse de pie, hasta ahora. Y lo siguen otros pobres, qué increíble momento, siguen al pobre que grita, de pie, cada vez más fuerte.

Les habla de derechos, les demuestra que lo que a ellos les falta, les sobra a otros, que no quieren compartirlo, aunque lo ganaron a costas de esos mismos pobres que hoy se levantan y avanzan.

¿Cómo puede ser que nos traiciones, Historia? Se preguntas los grupos dominantes. ¿Cómo puede ser que uno de ellos los gobierne? Se ponen inquietos, aunque ellos, que son los ricos, -llamémoslos por su nombre-, no pierdan nada más que privilegios. Comida no les falta, ni techo, ni educación, ni coches de alta gama, ni viajes, ni derroches. Nada les falta. Pero quieren más. Lo quieren todo.

Entonces, los ricos deciden que ese hombre que vino desde abajo, estorba. Y como tienen los medios de comunicación siempre de su lado, inventan lo que ellos llaman las noticias. Escriben ficción y la llaman información. Censuran, corrompen, manipulan la opinión pública y le hacen creer a los oprimidos que ese pobre viene a robarles, mientras ellos, los verdaderos opresores, les meten la mano en el bolsillo, les sacan la comida de la boca.

La Justicia mira y saca cuentas. No se inclina por la verdad, no le importa. Ofrece toda su estructura para afianzar la infamia. Porque, ¡oh, sorpresa!, ellos también forman parte de la elite de ricos, y ven que la estructura de iniquidad que los sostiene, tambalea. Desde que ese pobre llegó a la presidencia, la clase obrera se eleva. Y lo que hay, que es mucho, empieza repartirse de manera diferente.

¡Construye Universidades ese pobre que nunca pudo estudiar en una! Y los pobres quieren estudiar, quieren aprender, cuestionan su condición de oprimidos en una sociedad que naturaliza que agonicen de hambre, que mira para otro lado cuando caen en las villas jóvenes sin nombre, bajo la balacera policial.

No les gusta cuando un pobre se declara en desacato contra la miseria. Y ellos son la miseria. Las elites que acaparan toda la riqueza de este mundo sólo saben odiar y contagiar su odio. Son máquinas de generar desigualdad, porque las oportunidades que ese pobre que gobierna genera, son una bomba de tiempo para su propia condición de elite. No quieren perder nada de lo que les sobra a mares. Quieren apropiar para ellos, incluso, la dignidad de las clases bajas. La quieren, aunque no sabrían nunca cómo usarla. Los incomoda ver a quienes nacieron con privaciones acceder a espacios de poder. Los desespera ver cómo un pobre gobierna para los suyos. Entonces acomodan la justicia en su beneficio, como suelen hacer. Entonces, los delitos que ellos cometen a diestra y siniestra se los imputan a los que vienen desde abajo, a quienes padecieron la dictadura de antaño, a los que luchan cada día por la libertad, a los que construyen con amor, a los que quieren un mundo donde quepan todos los mundos. Luego de las calumnias mediáticas, el poder judicial aplica la injusticia a rajatabla.

Golpean puertas de cuarteles, siembran muerte, amenazan. Arrancan las flores creyendo que así no llegará la primavera. La Corporación de Los Malos de Siempre, gana de nuevo. Y las tapas de los diarios monopólicos chorrean el agua que se les hizo en la boca ante la injuria consumada.

Y meten preso al líder del pueblo, con prisa, pero sin causa. Lo que no saben, -sus mentes egoístas no podrían saberlo-, es que ese pobre es semilla, y lo están sembrando en todas partes.

Entonces, los pobres, a regar. A regar esas semillas. Que la primavera aguante un poco, porque vamos por ella. A conquistarla, a replicarla, a eternizarla. Qué florezcan esas semillas donde todo falta, donde las oportunidades no llegan, donde la igualdad es ausencia. Qué florezcan miles de flores entre la miseria programa. Qué florezcan Lulas por todas partes. Porque si la Historia de los ricos dice que los pobres deben permanecer bajo sus suelas, entonces, nosotros, con la sangre de nuestros muertos y los sueños de nuestros vivos, escribiremos otra Historia.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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